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Isabel Macedo: Confesiones

Diciembre 27, 07 by admin

Isabel Macedo

Reabrió un antiguo capítulo de su vida para humedecer la pluma en la tinta y cerrar la historia de un trauma carente de final. Sobre la popa de la lancha, Isabel Macedo (31) enfrenta uno de los fantasmas de su infancia: su miedo al agua. Sin embargo, no se paraliza. Atraviesa de cuerpo entero la barrera imaginaria que la detiene y se zambulle en un mar de nuevas sensaciones. En un principio siente el peso de la soledad, como si se descubriera sola parada en medio de un enorme escenario. Pero, al instante, la inmensidad de ese océano ajeno se hace familiar. El pánico se desvanece y da paso a un liviano goce llamado libertad.

Como si se tratara de una verdadera paradoja del destino, “Isa” -como la llaman sus conocidos-, dice sentirse cómoda en la isla de CARAS, sin reparar que se encuentra rodeada por un abismo de agua. Líquido trasparente, como su propia personalidad. Es así como revela sin reparos el sufrimiento que le produjo enterarse de la futura paternidad de su ex pareja, Facundo Arana (35), con quien vivió una relación de diez años. Nunca imaginó sentir un dolor tan profundo. Lloró lo que debía llorar y, antes de ahogarse en un mar de lágrimas, se aferró a la mano de sus afectos y se amigó con la situación. Descubrió que había un horizonte de esperanza y fue así como entabló una nueva amistad de nombre soledad. Este año relegó el trabajo, grabó apenas tres meses en la tira “Son de Fierro”, hasta que su papel no se correspondió más con sus expectativas. Y también vivió durante marzo en Puerto Pirámide, para filmar “Gigantes de Valdés”, donde interpreta a una maestra rural.

Hoy, la actriz fantasea con ser madre y se deja llevar por la marea del minuto a minuto, lejos de la fórmula del rating y cerca de la conciencia del vivir.

—¿Es de planificar mucho en su vida?

—Nada. Me parece que lo más sano para mí es vivir hoy, que es lo único que realmente tenemos. Siempre fui igual muy exagerada en ese sentido. Entonces cuando mi mamá me preguntaba qué quería comer a la noche, yo me enojaba porque recién eran las dos de la tarde. Prefiero vivir el minuto a minuto.

—¿Es caprichosa en ese sentido?

—No es locura ni capricho, solamente respeto mucho lo que deseo hacer. Siempre tengo que hacer lo que siento, porque esa es la única manera de sentirme cómoda. Y eso es lo que me hace sentir muy feliz. Nada me quita la energía, porque no permanezco en el sitio donde siento que alguien me la está robando. Antes desaparezco. Me doy vuelta, y me retiro.

—¿Por qué cree que es así de impulsiva?

—Es como un rasgo marcado de mi personalidad mezclado con mucha elección de mi parte de vivir bien. Una tiene que disfrutar mientras la vida transcurre. Porque no se sabe cuántos años de vida quedan por delante. No lo digo de una manera drástica sino que tenés que ir disfrutando y viendo qué es lo que vas transitando, porque no sabés lo que puede llegar a pasar. Por ahí te pasa algo en los próximos 30 minutos que te causa un dolor increíble o que te brinda una felicidad maravillosa, y querés cambiar todos los planes que tenés. Mejor no planifiques tanto y fijáte qué es lo que va pasando para que puedas transitar con felicidad y mayor compromiso. Una tiene que dejarse sorprender.

—¿Y en este momento cómo se siente?

—Como ahora me siento bien y sana estoy viajando mucho. Trabajé un montón, y lo puedo hacer. Si no lo pudiera hacer también con mucho amor y dedicación estaría trabajando como actriz.

—¿Tiene una mirada a largo plazo?

—Creo que eso es un deseo inculcado. Socialmente estamos preparados para ver más allá, pero después la vida te va sorprendiendo y una no puede vivir en una burbuja, deseando tener la vida que tiene el otro. Ni los otros pueden esperar que vos tengas esa vida.

—Es como si construyera su vida en el día a día.

—Sí, y está buenísimo estar vivo. Una tiene la obligación de disfrutar la vida. Más allá que, por momentos, necesites llorar como un perro, no estoy de acuerdo con regodearse en el dolor, porque el tiempo te permite sacarte los anteojos para ver de una manera más amplia. El dolor es crecimiento, es evolución. Te desarrollás para salir de ese lugar. Siento que el miedo paraliza. Por ejemplo, el agua es algo que me da pánico. Y no me puede paralizar porque lo que te tiene que pasar simplemente te pasa. El tema es qué hacés vos con eso que te pasó. Hay dos caminos: o la pasás pésimo o lo mejor posible.

—¿Y la pasó pésimo para aprender esa lección?

—En muchos momentos de mi vida la pasé pésimo. Pero en un punto estoy agradecida a eso. Me doy cuenta mientras me pasan las cosas. Yo tengo mucha fe. Nunca me duermo sin rezar. Si a las tres o cuatro de la mañana estoy dando vueltas en la cama es porque no lo hice. Entonces rezo y me quedo dormida. Y en el momento en que estoy sufriendo, digo: `Vos me pusiste esto en el camino, entonces no puede ser un obstáculo mayor que el que yo pueda soportar. (Y trataré de encontrar la manera de superarlo). Lo único dame un recreíto para que me recomponga y te prometo que voy a poder ver el lado positivo de la situación”.

—¿Cree que todo tiene una razón de ser en su vida?

—Para mí lo que sucede conviene. Quizás en el momento en que te pasa algo no lo entendés, pero creo que de alguna manera esa ficha va a caer. Mientras tanto la vida continúa y una tiene que seguir con ella. Si no todo el mundo avanza y vos te quedás estancado en un mismo lugar. Y de esa forma no me gusta vivir.

—¿Se lleva bien con usted misma?

—Me río mucho de mí misma.

—¿Qué se elogiaría?

—Tengo muy buen humor. El humor me salva la vida. Y aparte fui criada en una casa con mucho amor, humor y música. Es como un lema para mí. Mi tío era guitarrista y mi papá tocaba el bombo, él es jujeño y bombista. Una familia de mucha guitarreada y vida familiar.

—¿Cree que esa comicidad muchas veces la lleva a chocar con el drama?

—Hay una cosa que tengo y que me marcan mis amigos y es que soy una persona muy transparente. Si estoy muy contenta te vas a dar cuenta y si estoy muy triste, también. Porque no me gusta caretear. Me gusta ser sincera con lo que me pasa.

—¿Siente que esa sinceridad consigo misma es parte de un crecimiento?

—Tengo una necesidad imperiosa de crecer. Todo lo que pase es bienvenido.

—¿Vive el sufrir con naturalidad?

—Detesto sufrir y la gente que te hace sufrir. Me disgusta ver a alguien que le hace daño a otro. No puedo ver ningún programa violento, porque me angustia muchísimo. No me agrada el sufrimiento, como tampoco me gusta la gente que se regodea en el dolor.

—¿Sus estados de ánimo fluctúan demasiado?

—Quizá soy muy transparente,y eso es incómodo para el otro. También digo lo que siento todo el tiempo. Voy por el supermercado y me paro a hablar con una señora porque me gustó su peinado, sus zapatos o porque simplemente le quiero decir que tiene una linda sonrisa. Me parece que una linda frase te puede cambiar el día. A mí me lo cambia. No me gusta la gente quejumbrosa, sino la que va hacia adelante, que te ayuda a avanzar. La gente que está en tu camino es gente que tiene que ver con lo que estás buscando ser. Yo les agradezco casi todos los días a las personas que están en mi vida por estar en ella. Te lo puede decir cualquier amiga mía, porque se lo mando por e-mail o la llamo por teléfono. “¡Qué lindo que es tenerte en mi vida!”, les digo. Me parece que es un privilegio poder contar con tu familia. Tener oídos y voces confiables. Poca gente y mucho amor.

—¿No tiene reparos en decir lo que piensa?

—No me guardo nada. No está tan bueno que sea así, según la gente que me quiere. Porque las personas no están acostumbradas a escuchar todo. Están acostumbrados a especular. Así que por más que vos digas tu verdad, el otro casi siempre escucha lo que quiere escuchar. Yo lo compruebo a diario, cuando llamás a alguien y te dice: “Bien, bien. No te pregunté cómo estás, te dije hola, contestame hola”. Después, si te pregunto cómo estás, me decís bien. Si vos tenés un canal de comunicación abierto, el margen de error se achica mucho. No tolero la falta de comunicación.

—¿Y cómo lo traslada a sus relaciones de pareja?

—Jamás soportaría la falta de comunicación. Me parece que una tiene que elegir un compañero para el camino. No vayamos a lo socialmente establecido, de estar con alguien para siempre.

—¿Cree que se puede estar con alguien para toda la vida?

—Mis papás están juntos hace años y son el mejor ejemplo de vida. Yo me crié en ese hogar donde ellos se aman y se lo dicen todo el tiempo. A mí eso me emociona y sería el ideal tener eso. Si vamos a la realidad me parece que en esta época no es algo tan fácil de obtener. Entonces, está buenísimo cuando una elige a un compañero para el camino, que no sabemos cuán largo es pero sí alguien a quien vos puedas tomar de la mano y que haya un canal de comunicación muy abierto. Saber que la persona está al lado tuyo, ni adelante ni atrás. Con mis amigas siempre decimos que la contraseña es disfrutar.

—¿Siempre pensó así o cuando era más joven lo veía de forma diferente?

—Cuando era chica soñaba tener una familia como la mía. Quería tener mi novio eterno, casarme, 40 mil hijos. La fantasía que una tiene de chica. Para mí en ese momento estaba buenísimo. Realmente creía en eso. Hoy no es que no crea.

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